¿Hasta dónde se puede ir contra todo y todos?

Siempre que termina un Lindau Meetings van apareciendo, de a poco, distintas experiencias que quedaron medio escondidas en la memoria. No se trata necesariamente de cosas menos importantes, sino de que la mente comienza a decantar el torrente de información que significó esa semana.

Uno de los pensamientos que ha estado rondando mi cabeza es hasta dónde llegar. Es cierto que muchos, pero muchísimos, de los avances en ciencia vienen de esas mentes que deciden, a pesar de lo que todos digan o hagan, ir en otra dirección.

Algo que nunca es fácil.

Ada Yonath, premio Nobel de Química 2009, luchó contra la corriente por la estructura de los ribosomas. No se cansa de contar cuánto le costó llegar al resultado final y como. Incluso, ella y su equipo decidieron publicar la parte de la investigación que fallaba para que otros pudieran descubrir el por qué.

Dan Shechtman, Nobel de Química 2011, no lo pasó mejor. El descubrimiento de sus cuasicristales no sólo le valió el rechazo de casi toda la comunidad de su campo, sino que también le hizo perder su trabajo. Aún así, no desistió y hoy cuenta con orgullo su historia.

Pero qué pasa cuando esa tozudez no tiene necesariamente una lógica científica. Obviamente no sólo los investigadores que ganan un premio Nobel son parte de aquellos que triunfan contra la corriente, pero algo muy distinto es sólo ir en sentido opuesto porque sí.

De izquierda a derecha, Michael Braungart, Steve Chu y Mario Molina
Photo: Lorena Guzmán H.

El último día de la reunión de este año, en la isla de Mainau, un panel de discusión concentrado en la química verde cerró la temporada de ciencia. Steve Chu -premio Nobel de Física 2007- y Mario Molina -premio Nobel de Química 1995- compartieron el escenario con Michael Braungart, fundador y director científico de EPEA Internationale Umweltforschung GmbH.

Aunque siempre se agradece que los panelistas estén mínimamente en desacuerdo -para que se desarrolle efectivamente un debate- Braungart llevó la discusión hasta un punto casi insostenible.

Según asegura, el mundo no debiera concentrarse en hacer más eficiente la química que se utiliza en energía, plásticos o producción de alimentos, sino que debe empezar completamente de cero. No se debe realizar nada que ya no haya sido creado por la naturaleza.

Esto podría ser una idea innovadora y hasta una del tipo eureka, pero aún -o para siempre- demasiado utópica. Tanto así que Chu y Molina literalmente se revolvían en sus asientos mientras escuchaban los argumentos de Braungart. Cuando se abrió la discusión a los estudiantes, éstos mismos reflejaron en sus dichos su escepticismo frente a lo que presenciaban.

Eso me hizo reflexionar y pensar hasta cuándo. Hasta cuándo ir en un carril paralelo u opuesto. Hasta dónde llevarle la contra al mundo por una idea única. Muchos dirían que es esto justamente el motor que mueve a la ciencia, pero me parece que todo tiene un límite.

Roger Y. Tsien, premio Nobel de Química 2008, quien estuvo presente en el Lindau Meetings de 2011, cambió tres veces de tema antes de lograr su doctorado y encontrar el camino que lo llevaría al Nobel.

No se trata de no ser firme con las ideas propias, sino de saber cuándo desistir. Y eso, también es otra forma de hacer ciencia. ¿Este es el caso? Imposible saberlo ahora.

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