“No me siento poderoso. Me siento igual o incluso inferior que el resto”

Esta frase es de Aaron Ciechanover, premio Nobel de química 2004, quién casi se molestó ante la pregunta. Mi intención no era ser inquisitiva sino más bien tratar de entender cómo se vive cuando eventualmente se puede tener en la mano la llave para curar enfermedades, algo que claramente negó por completo. “Hay muchas cosas que no sé”.

Aaron Ciechanover durante su charla en el Lindau Meetings este martes.
©Lorena Guzmán

Ciechanover asegura que no buscó su éxito. “No lo planeé. Tienes los genes heredados de tu madre y los haces crecer, le pones de ti mismo, pero el verdadero éxito es la satisfacción de hacer algo realmente importante en ciencia”.

Planeado o no, co-descubrió la ubiquitina, una pequeña proteína que permite a las células reciclar otras proteínas que ya no le sirven. Esto permitió explicar, entre otras cosas, cómo se produce la división celular, la reparación del ADN, cómo actúa el sistema inmune  y cómo las células mantienen la calidad de sus proteínas. Incluso, también a partir de ello, se desarrolló un medicamento contra el cáncer y otros están en proceso.

Aunque está dedicado en su laboratorio a entender un mecanismo específico su interés va también por la medicina personalizada, algo que asegura cambiará el paradigma de la salud mundial pero que trae consigo muchas implicancias. Ésta se basará en el genoma de cada uno.

“En una mujer con cáncer de mama, vemos el cáncer y no a la mujer. El resultado de ello es que muchas pacientes se curarán, pero otras, a pesar del tratamiento, morirán por metástasis”, dice el Nobel.  “La pregunta es por qué en dos mujeres equivalentes -de la misma edad, ambas caucásicas o latinas, en la misa fase de avance del cáncer- la enfermedad se ve igual, pero una sobrevive y  la otra muere. Nos dimos cuenta que la diferencia está en las mismas mujeres. Ellas son diferentes sobre todo en su repertorio genético”.

Por eso la medicina, asegura, cambiará y se orientará en las enfermedades considerando en el contexto de cada paciente.

Aaron Ciechanover

“La información genética es volátil, explosiva y sensible”, asegura Ciechanover. “Depende de cada persona cómo la toma y qué quiere hacer con ella. No es algo que todos puedan sobrellevar bien porque tiene que ver  con aspectos personales como la la cultura, religión, de dónde viene, de la familia. Esto es medicina personalizada, y no es simple”.

Esta es una parte de las complejidades que tendrá esta nueva forma de tratar a los pacientes. “El ADN es probablemente la información más íntima que alguien pueda tener -aunque algunos crean que es nuestra vida amorosa- porque nos dice nuestro estado actual y qué enfermedades podríamos contraer en el futuro”, dice.

El problema es que no todos realmente quieren saber qué les depara el futuro. Es un cambio de paradigma que no será fácil para nadie, pero que a su vez -como todos los avances- no necesariamente llegará a todos.

A ello se suma, asegura, la división desigual de los recursos en el mundo. “Y eso es un tema de liderazgo y no de ciencia. Es una vergüenza que la ciencia llegue tan lejos -que haya tantos avances y logros- y que no sean accesibles a todas las personas de este planeta. Es doloroso pensar en eso”, medita. “Aprenderemos cómo hacer algo, pero sólo una fracción de la población lo disfrutará”.

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